Piensen en las palabras que designan las cosas más primarias, más
comunes a todos los seres humanos y que desde el principio de nuestra
vida nos rodean. Qué sé yo: agua, tierra, cielo, luna, sol. Todas ellas
difieren de unos idiomas a otros. “Luna”, por ejemplo, es parecida en
las lenguas que se derivan del latín (luna en italiano, lua en portugués, lune en francés), y estos términos difieren de los de origen germánico, que también se asemejan entre sí (moon en inglés, Mond en alemán). En islandés es tunglio, en eslovaco mesiac, en finlandés kuu, en húngaro Hold, en suajili mwezi y en turco, ay. Términos muy distintos para designar algo que para todos es igual, blanco, redondo, lejano: la luna.
Sin
embargo, hay dos palabras –no dejen de sorprenderse por lo evidente que
parece: como ha dicho en alguna ocasión el académico Ignacio Bosque, el estudio del lenguaje consiste en sorprenderse de lo cotidiano– hay dos palabras, pues, que son iguales o muy parecidas en todas las lenguas del mundo: 'mamá' y 'papá'. Leer más
Samuel es uno de esos cuarentones que tienen aún una faceta
adolescente y que están afectados por una especie de aburrimiento vital
de dudoso origen. Un día recibe una llamada extraña: alguien a quien no
conoce le comunica la muerte en un accidente de Clara, su amante. Un
golpe doloroso si no fuera porque él nunca ha conocido a ninguna Clara.
Por curiosidad, Samuel va al tanatorio y allí se ve enredado en una
historia de la que no puede o no quiere salir: el marido de la muerta lo
mira con despecho y la hermana de la chica quiere que le aclare cómo
fue su relación. Entonces, el protagonista, quizá por el interés que
siente por la hermana, empieza a inventar y el embrollo crece y crece.